El verano, mi favorito para siempre
Verano en Argentina
Aquí en Argentina, el solsticio marca el comienzo del invierno, y me descubro contando los días hasta poder volver al calor de Canadá. Volver a vivir las cuatro estaciones me hizo apreciar el verano con más profundidad. Cuando vivía en Honduras, era verano todo el año — un regalo que adoraba, aunque apagaba mi sentido del cambio estacional. Extraño la temporada de mangos en la isla, el agua que se templaba en junio para bucear, y el ritmo más lento de la temporada baja que nos daba tiempo para explorar y sumergirnos solo por diversión.
Temporada baja en Media Luna, Roatan
En Canadá, el verano siempre fue mi estación preferida. De niña, pasaba días interminables en la pileta, comiendo demasiados heladitos de agua tipo Mr. Freeze, y compartiendo asados con la familia y los vecinos. Ahora, volver a casa en verano es reencontrarme con la abundancia y la alegría. Atesoro las caminatas largas con mis padres y Winnie, su basset hound, las tardes con mi hermano y su esposa, y los momentos de juego con mi sobrina — nadar, dibujar con tizas en la vereda, ir al parque. Y por supuesto, el verano es el momento perfecto para un helado, ese placer simple que extraño tanto.
Souvenir de infancia en Canada
Aquí en Argentina, el verano llega en diciembre, junto con las Fiestas Navideñas. La huerta explota con tomates y morrones, y las moras se mezclan en mi yogur de la mañana. Las tardes se pasan al lado de la pileta con mate o tereré, rodajas de sandía, y caminatas largas con los perros al atardecer, cuando el calor finalmente se suaviza. La meditación al amanecer antes de las clases me conecta con el ritmo del día.
A través de los continentes, el verano siempre fue una estación de abundancia — de comida, de luz, de movimiento. Los días más largos invitan a rituales conscientes: estirarse al amanecer, caminar al anochecer, disfrutar las comidas al aire libre. La hidratación se convierte en la nutrición invisible de la temporada — en las frutas jugosas, el agua, y la alegría simple de compartir un vaso de té frío David’s Tea con mi mamá, un momento que alimenta la salud y fortalece nuestro vínculo.
El solsticio me recuerda que el verano no es solo calor y luz; es un ciclo de abundancia, movimiento y cuidado. Donde sea que esté, llevo sus regalos conmigo — en los mangos y las moras, en los dibujos con tizas y las caminatas al atardecer, y en el acto silencioso de honrar los ritmos del cuerpo con una nutrición que refresca tanto el espíritu como el alma.
Feliz solsticio de verano,
Julie
